SAN JOSÉ, PADRE EUCARÍSTICO

Por: Juan David Guarín Cardona.


Se caracteriza a San José bajo los conceptos de justo, silencioso y padre amoroso – lo cual es cierto- pero ubicarlo en el plano del padre eucarístico pareciera un desatino a golpe de vista. Sin embargo la meditación de los evangelios y la vida de este hombre singular en ellos descrita, conduce a esta perspectiva sin forzar en modo alguno los datos evangélicos ni la lógica histórica.


La Eucaristía es el sacramento por el cual Cristo perpetúa su presencia y actualiza el sacrificio de la cruz. Por tanto, vivir la Eucaristía en la cotidianidad implica una oblación permanente de sí mismo con tinte donativo y alegre al modo de San José, cuya “felicidad no está en la lógica del auto-sacrificio, sino en el don de sí mismo. Nunca se percibe en este hombre la frustración, sino sólo la confianza”. (P.C. 7)


Una mirada panorámica sobre la vida de San José ilustra acerca del asentimiento paternal descrito en la gradualidad de un proceso. Tres fases se resaltan a partir de las referencias evangélicas: luego de escuchar el plan de Dios en sueños, San José emprende caminos para salvaguardar la voluntad divina (cfr. Mt. 2, 14.21. 22) por lo cual es el padre peregrino que custodia a Jesús. En segundo momento es un padre silencioso que contempla: de la protección pasa a observar y acompañar la vida creciente de su Hijo. En tercer lugar y por extensión de la contemplación, se convierte en padre eucarístico, pues aunque su paladar no gustó del pan consagrado, supo acoger como suyo a Jesús: alimento verdadero (Cfr. Mt. 1,24).


En consecuencia, como el itinerario paterno de san José, la celebración de la Misa presupone una virtud fundamental: la fe. Ella es elemental en la contemplación de Jesús presente en las especies de pan y vino. Ahora bien, ella encaminó y sostuvo a san José en su misión paternal, por lo cual, sin comprenderlo todo, abandona la comodidad de las certezas humanas para asumir la voluntad divina que a veces parece ir contracorriente respecto a los planes del hombre, pero que siempre propende por la salvación. Así las cosas, la fe del santo patriarca es eucarística dado que se abre a la contemplación del cuerpo de Jesús vulnerable en la edad infantil, como la fe del cristiano se activa para ver a Jesús tan sencillo y frágil en su cuerpo eucarístico.


El proceso paterno en la vida de san José encuentra similitud estrecha con las tres procesiones que contiene la celebración eucarística: la entrada, el ofertorio y la comunión (Cfr. IGMR 47.74.86). Éstas también reflejan un ritmo gradual de la acogida de Cristo en la vida del creyente: se le busca en el templo -como lo hizo José en su dimensión de padre peregrino (Cfr. Lc.2,46)-; se le entrega la existencia completa y se le recibe en el pan de vida para unirse a Él, pues “la eficacia salvífica del sacrificio se realiza plenamente cuando se comulga recibiendo el cuerpo y la sangre del Señor” (E.E. 12). Estas procesiones, además, reflejan el carácter peregrino del cristiano.


Líneas arriba se mencionó a José como padre silencioso y tal actitud, que se identifica con el silencio del pueblo de Dios durante gran parte de la celebración, merece ser ampliada. Este silencio lejos de significar participación pasiva, propicia una contemplación más intensa del misterio y presencia de Dios. Con razón el concilio Vaticano II enseña: “la Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada.” (S.C.18). Por tanto la Eucaristía irradia la existencia del ser humano enseñándole a meditar aún en medio del estrepitoso ruido mundano del cual emerge la pregunta: ¿para qué hacer silencio? Y cuya respuesta se patenta en la vida del santo patriarca, pues su silente actitud le favoreció para escuchar la Palabra de Dios mediante sueños y le confirió el arrojo necesario al asumir su voluntad (Cfr. Mt. 2,19-21). De forma análoga la comunidad que participa de la Eucaristía acalla la voz y las distracciones internas, a fin de percibir en las lecturas y la homilía la ruta trazada por el Señor.


Luego de participar en el banquete de la Palabra, se toma parte del banquete de la Eucaristía, cuyo centro es la consagración. El mismo Niño que tomó San José en sus manos de obrero, aparece real en las manos del sacerdote, ante lo cual se deduce que el sacerdote, ministro ordenado, aprende de San José la forma de llevar a Cristo en una completa actitud reverente. El presbítero es “otro Cristo” y Cristo, Hijo de José, estuvo sujeto a su padre (Cfr. Lc.2,51) en el ambiente hogareño de Nazaret, aprendiendo de su ejemplo para crecer “en sabiduría, estatura y gracia” (Lc. 2,52). En esta perspectiva cabe señalar que el ministerio sacerdotal halla en la persona del santo patriarca un modelo de fidelidad vocacional, pues tanto san José como el sacerdote son custodios del cuerpo de Cristo y de la Iglesia.


Siguiendo la línea litúrgica de la celebración, se verifica que la Eucaristía es puente entre el cielo y la tierra. Con razón el Magisterio de la Iglesia señala que “la tensión escatológica suscitada por la Eucaristía expresa y consolida la comunión con la Iglesia celestial”. (E.E.19). En consecuencia, la plegaria eucarística invoca los ruegos de todos los santos en especial de la Bienaventurada Virgen María y de San José, patrono de la Iglesia universal. Al respecto escribe Santa Teresa de Jesús: “a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra, así en el cielo hace cuanto le pide” (Jesús, 2017, pág. 66)


Este amor de Jesús por san José manifiesta que su paternidad es participación y reflejo de la paternidad de Dios. Bajo esta premisa Jesús enseña a dirigir la oración al Padre común como lo aprendió de su padre en la tierra, quien tuvo la responsabilidad de iniciarlo en la fe y costumbres del pueblo judío.


Por otra parte, en el sagrario una lámpara indica la presencia de Jesús; si se aduce de María que ella es el tabernáculo primigenio, puede considerarse a José como la genuina lámpara que señala incansablemente la presencia de Cristo, mostrando a la Iglesia la actitud de adoración reverente ante Jesús Sacramentado.


Así pues, la vida y paternidad de san José no solamente hallan similitudes con el sacramento de la Eucaristía en lo que atañe a la celebración, sino que ilumina diáfanamente la existencia de todo fiel alimentado por el Pan del cielo. En este sentido surge el interrogante en cada cristiano: ¿cuál es mi ministerio (servicio) dentro de la Iglesia? Ya sea en el ámbito social, en la familia, la catequesis o en tantos otros campos que desafían a la Iglesia proponiendo nuevos escenarios, el creyente está llamado a ser “luz y sal” (Cfr. Mt.5,13-14); aquí san José aporta una luminosidad definida: para servir dentro de la Iglesia es menester silenciarse, escuchar la voz de Dios y salir en cumplimiento de su voluntad, abandonando todo tipo de prevenciones.


En conclusión, la vida de San José es una encarnación de los elementos fundamentales de la Eucaristía en lo celebrativo y lo teológico, por tanto no es absurda la afirmación titular: san José, padre eucarístico. Es patriarca y modelo de la Iglesia, dio pan al Pan de vida, instrucción al Maestro, sensibilidad y humildad al que se inclina a lavar los pies de sus discípulos. Por su confianza en Dios, el santo patriarca se digne ayudar a quienes persiguen certezas permanentes sin acoger la Palabra de Dios y conduzca a los miembros de la Iglesia por la ruta de la Eucaristía prolongada, levantando la voz para clamar: San José, padre eucarístico: ruega por nosotros


Siglas del Magisterio:

E.E: Carta encíclica Ecclesia de Eucharistía Juan Pablo II. 2003

IGMR: Introducción General del Misal Romano

S.C: Constitución Sacrosanctum Concilium Concilio Vaticano II

P.C. Exhortación apostólica Patris Corde Francisco. 2020