María Madre del silencio

Por: Jorge Iván Londoño Henao. Pbro.



María frágil y silenciosa, mujer y madre, servidora fiel, que abre sus bra­zos para recibirte y abrazarte con el dolor más profundo y con la espe­ranza más cierta que jamás hubo. María que, acompañada por Juan, prolonga estos minutos con preguntas que solo la fe puede responder. María que entiende ahora esa espada de dolor que atraviesa su corazón. Ya todo se ha cumplido... Dolorida y serena comprende las palabras de la despedida: Madre, he ahí a tu hijo. Madre he ahí la humanidad. ¿Quién puede entender o comprender, el peso de tus desolaciones?


Presente en el martirio, participando de Él, viste con tus ojos aquel cuerpo bendito, que tú virginalmente concebiste, y tiernamente alimentaste y criaste, que reclinaste en tu seno; lo viste desbarrado por los azotes, penetrado de espinas. Lo viste herido, injuriado y taladrado por los clavos, pendiente en el madero de la cruz, expuesto a todos los escarnios. ¡Y le viste el alma! Viste con los ojos del alma aquella alma divina repleta de la hiel de amarguras, sacudida por los estremecimientos del espíritu, llena de pavor, agonizante, acongojada, turbada, abatida por la tristeza y el dolor. Madre dulcísima, viendo desgarrado tu corazón, el Hijo amado te dirigió una mirada de piedad y brota aquella dulce despedida: Mujer, aquí tienes a tu hijo, para consuelo de tu alma angustiada, porque sabía que tú estabas traspasada con la espada de la compasión, más que si hubieras sido herida en tu propio cuerpo. Déjanos estar a tu lado, Madre, especialmente en estos momentos de tu dolor incomparable. Déjanos estar a tu lado. Más te pedimos: que hoy y siempre nos tengas cerca de Ti y te compadezcas de nosotros. ¡Míranos con compasión, no nos dejes, Madre nuestra!


Esta maternidad de María en la economía de la gracia perdura sin cesar desde el momento del sí fiel de la Anunciación, que mantuvo al pie de la cruz. Asunta a los cielos, no deja esta misión salvadora, sino que con su intercesión nos obtiene los dones de la salvación. Con su amor materno cuida de nosotros, hasta que lleguemos a la patria bienaventurada.


La Virgen al pie de la cruz, nos dio a luz con dolores de parto. El Papa Pío XII dice que «ha sido voluntad de Dios que, en la obra de la Redención humana, la Santísima Virgen María estuviese inseparablemente unida con Jesucristo; tanto que nuestra salvación es fruto de la caridad de Jesucristo y de sus padecimientos, a los cuales estaban íntimamente unidos el amor y los dolores de la Madre».


San Pío X enseña que María, junto a la cruz, «mereció ser la dispensadora de todos los tesoros que Jesús nos conquistó con su muerte y con su sangre. La fuente, es Jesucristo; pero María, como señala San Bernardo, es “el acueducto”».


San Juan Pablo II destaca «la solicitud de María por los hombres, el ir a su encuentro en toda la gama de sus necesidades», como en Caná de Galilea: «No tienen vino». «Se da una mediación: María se pone entre su Hijo y los hombres en la realidad de sus privaciones, indigencias y sufrimientos. Se pone “en medio”, mediadora en su papel de madre, consciente de que como tal puede hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres. Su mediación, tiene un carácter de intercesión: María “intercede” por los hombres». A esa maternal mediación de intercesión acuden siempre, llevadas por el Espíritu Santo, las generaciones cristianas, que dicen: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros».


María es prototipo de cada cristiano. Dice el Señor: «Quien hiciere la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».


Señor Jesús, María, tu madre querida que acunó tu cuerpo recién nacido en Belén, que protegió tu camino cuando fuiste un refugiado en Egipto, ^g7 que celebró contigo la alegría de fiesta en Canaán junto a tus amigos y ahora te ve sufrir lo indecible. Tu Madre, que hoy camina tu dolor en los niños de la tierra. Tu Madre que hoy vela por los refugiados del mundo. Tu Madre que pide por la paz de Colombia y del mundo. Silencio, fidelidad extrema y un infinito amor surgen de esa mirada maternal y dulce. Un hijo que se entrega y una Madre que asume el dolor y se hace corredentora. María, Madre ayuda a la humanidad a encontrarnos con la mirada de tu Hijo. Haz Señor, que nos encontremos al lado de tu Madre en todos los momentos de la vida. Con ella, apoyándonos con su cariño maternal, tenemos la seguridad de llegar a Ti en el último día de la existencia. Ruega por nosotros Madre y Señora del dolor y del silencio.