Reflexión Viernes Santo

Por: Johan Andrés Vergara Blandón. Diácono.


La liturgia de esta tarde de Viernes Santo nos evoca aquella queja dolorida que hace Dios a su pueblo en boca del profeta Miqueas: «Pueblo mío, ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido? ¡Respóndeme!» (Miq. 6, 3). La acción de Dios por nosotros la podemos ver en el Cristo sufriente, maltratado y torturado. En este momento no podemos hacer alusión a la muerte de Nuestro Señor sin acercarnos al insondable misterio del sufrimiento, sin contemplar el rostro humano de Dios golpeado y profanado: «Desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano... Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como un hombre de dolores acostumbrado a sufrimientos» (Is. 52, 14- 15), esta es una nueva forma de amor nunca antes vista en el mundo.


El Unigénito de Dios, que paso por el mundo haciendo el bien, realizando milagros y curaciones a las personas, acogiendo a marginados y a los últimos, este Jesucristo que no hizo mas que anunciar el mensaje y poner en práctica el amor y la misericordia es rechazado por aquella misma muchedumbre que se benefició de sus acciones y signos. Este Mesías que lo único que hizo fue amar y perdonar, es llevado al juicio, mientras se pide la libertad para el otro reo que ha hecho todo lo contrario. Allí es donde se ven las injusticias humanas: al inocente se le castiga con la muerte, mientras el criminal es indultado y exonerado.


Esa aversión de los hombres a Dios se ve patente en aquella escena sombría del Gólgota, la cruz no solo es signo y expresión del amor que Él nos tiene, es también manifestación de lo que los hombres odian de lo divino. En esta cruz se encuentran dos sentimientos: la profundidad del amor que Dios tiene por la humanidad y la profundidad de la miseria del hombre que llega a proclamar la muerte de Aquel que bondadosamente le había ofrecido amistad desde el paraíso y el poder llegar a formar una comunión de vida con Él.


Por tanto, debemos preguntarnos en este día ¿Qué vale la humanidad para Dios? ¿En cuanta estima nos tiene que a pesar de nuestro pecado y codicia no duda enviar a su Hijo al mundo y más aún, decide entregarlo a la muerte por nosotros? Lo que estamos viviendo hoy es el símbolo supremo, dado por el mismo Dios, de la dignidad que poseen todas las personas por las cuales murió el Señor. Esta oblación es el sacramento más expresivo y desconcertante del amor de Dios, en Él se nos desvela «la profundidad de aquel amor que no se echa atrás ante el extraordinario sacrificio del Hijo» (Juan Pablo II, Dives in Misericordia, n.7), este Viernes Santo nos habla de Dios Padre misericordioso que es fiel a su amor para con la humanidad entera.


La reflexión que podemos llevarnos de esta celebración litúrgica es que Dios no se cansa de amarnos incluso a pesar de nuestras faltas, que no hay nada más sublime que el acto de entrega definitiva que hace que llegue incluso entregarse a la muerte por todos nosotros (cfr. Gal. 2,20). Esta es, queridos hermanos, la buena noticia del sacrificio redentor de Jesús en esta tarde, lo vemos elevado en la cruz para contemplar el acto más grande de amor, lo vemos clavado de manos y pies para afirmar como el profeta: «por sus llagas hemos sido curados» (Is. 53, 5), lo vemos agonizar para estremecer- os de a misericordia que nos tiene y lo vemos morir para reconoce: que muriendo nos devolvió la Vida.


Por eso, afirmemos todos con el poeta: «Dulcísimo Cristo mío, aunque esos labios se bañen en hiel de mis graves culpas, Dios sois, como Dios habladme. Habladme, dulce Jesús, antes que la lengua os falte, no os desciendan de la cruz sin hablarme y perdonarme» (Lope de Vega, A Cristo en la Cruz, Soneto).