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Retiro Espiritual: Una Iglesia en misión

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Convivencia vocacional 2014

Convivencia vocacional

 

Lectio Divina, Domingo 14 de septiembre de 2014

Setenta veces sieteLectio Divina, Domingo 14 de septiembre de 2014

EVANGELIO: Mateo 18, 21-27

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo." El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes." El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré." Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?" Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

ECO: ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?

Meditación: Hoy mi Señor por medio de su santa Palabra me pone delante toda la Misericordia que me ha tenido al perdonar mis pecados en la Cruz, lo cual, se concretó el día de mi Bautismo y cada vez que acudo al sacramento de la Reconciliación. ¡Siempre que reconozco mis faltas, me arrepiento y se lo pido, cuento con su perdón! Así, hoy esta santa Palabra me invita a perdonar con ese mismo perdón que he recibido tantas veces. Así, debo empezar por perdonarme a mí mismo con el perdón que recibo del Señor y después por perdonar cada vez que me sienta ofendido con el perdón del Señor. Con esto podré experimentar la alegría de sentirme libre de las ataduras que se forman por el rencor. 

Oración: Señor Jesús, yo decido perdonarme con tu perdón y perdonar también con tu amor a los demás. Bendice a los que me han ofendido, tanto como me hayan ofendido, no les tengas en cuenta sus errores. 

 

LA SAGRADA ESCRITURA EN EL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

caticCristo, palabra única de la Sagrada Escritura

En la condescendencia de su bondad, Dios, para revelarse a los hombres, les habla en palabras humanas: «La palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres» (DV 13).

A través de todas las palabras de la sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se da a conocer en plenitud (cf. Hb 1,1-3):

«Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo (San Agustín, Enarratio in Psalmum, 103,4,1).

Por esta razón, la Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo (cf. DV 21).

En la sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza (cf. DV 24), porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios (cf. 1 Ts 2,13). «En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos» (DV 21).

 

Lectio Divina, Domingo 31 de agosto de 2014

cruz-del-cielo2Mateo 16,21-27

El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismoEn aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: "¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte." Jesús se volvió y dijo a Pedro: "Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios." Entonces dijo a sus discípulos: "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta."

ECO: "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga".

MEDITACIÓN: Hoy esta santa Palabra del Señor, me ponde delante de la realidad de su seguimiento: si quiero seguirlo, debo negarme a mí mismo, tomar mi cruz y seguirlo. Primero: negarme a mí mismo, a mi soberbia, a mi egoísmo y a todo aquello que no le agrada a Dios. Segundo: Tomar mi cruz: es decir, abrazar los sacrificios y renuncias propios del seguimiento de Cristo; y tercero: seguir a Jesús, es decir, poner mi mirada fija en Él, con la seguridad de que no voy solo, de que la fuerza necesaria para seguir adelante, la obtengo de su vida, de su ejemplo y de su propia cruz que es, como dice san Pablo: "fuerza de Dios y sabiduría de Dios". Así, debo seguirlo con la mirada fija en Él, con la esperanza de la resurrección, pues no hay resurrección sin cruz, ni cruz sin resurrección, con la alegría de que la ofrenda de la propia vida se convierte en vida para los demás.

ORACIÓN: Santísima Virgen María, madre nuestra, tú que como perfecta discípula de Jesús lo seguiste hasta la cruz y gozaste también de su resurrección, enséñame a seguir a Jesús como tú e intercede para que el Espíritu Santo me alcance la gracia de perserverar hasta el final. Amén.

 

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Domingo 26 de octubre de 2014

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